Leobardo sacó de aquellas lecturas tanto provecho, que pasó veintidós años en su celda, llevando una vida útil para su salvación y para la santificación de los demás, pues Dios le concedió el don de los milagros, en favor de quienes venían a visitarlo. Sintiendo que se avecinaba su fin, hizo venir a Gregorio de Tours y le pidió los Eulogios (bendiciones), es decir, el santo viático. «Ha llegado el tiempo -dijo- en que, por orden del Señor, voy a ser separado de los lazos de este cuerpo mortal; sin embargo, todavía viviré algunos días y el Señor me llamará antes de Pascua». «Hombre dichoso -comentó Gregorio de Tours-, su fidelidad a Dios le permitió conocer, por divina revelación, el momento de su muerte. Estábamos entonces en el décimo mes y, dos meses más tarde, Leobardo tuvo una recaída». Habiendo llegado el domingo, despidió al hermano que le servía, porque deseaba morir sin testigos. Sin duda que los ángeles, a falta de los hombres, recogieron su último suspiro.
Los detalles que da Gregorio de Tours bastan para indicar que el 18 de enero no fue el día en que Leobardo murió, pero algunos lo creyeron así y situaron su muerte en el año 593, que fue cuando el 18 de enero cayó en domingo. Con mayor probabilidad esa fecha, que fue la tradicional de su celebración, fue el aniversario de la traslación de su cuerpo. En la actualidad el nombre de Leobardo está inscrito en el Martirologio Romano en el más probable mes de muerte, marzo, el día tradicional del 18. La ciudad de Tours tiene una iglesia construida en su honor, donde iban a curarse los atacados por la fiebre. La capilla de San Leobardo dependía del rey de Francia por hallarse comprendida en el castillo de Tours. Cada año, el Viernes de Pasión, el capítulo de la catedral hacía una estación en la mencionada capilla. Estas peregrinaciones se interrumpieron en el año 1793 y, desde entonces, el santuario perdió el afecto de la gente.
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