El estrés es una respuesta orgánica anormal,
desadaptada, en la cual el organismo intenta defenderse frente a una amenaza
pero su capacidad de acomodación ha sido superada. La Asociación Americana de
Cardiología ha establecido que el estrés es un factor de riesgo para padecer,
entre otras afecciones, IAM, ACV, HTA y diabetes tipo 2.
Enfermarse por estrés implica un fracaso en los
mecanismos homeostáticos –aquellos procesos fisiológicos que regulan el
funcionamiento de los diferentes sistemas orgánicos-. Esto quiere decir que
cuando estamos estresados todas nuestras funciones corporales trabajan en forma
deficiente: el aparato cardiovascular, la respiración, la digestión, la
inmunidad, la secreción hormonal. De esto se desprende que el estrés puede
impactar seriamente sobre la salud porque afecta negativamente a toda nuestra
economía.
Estar angustiado, nervioso, irritable, preocupado o
con ánimo deprimido no significa necesariamente estar estresado. Estas son solo
expresiones sintomáticas, indicadores de que algo desagradable nos está
sucediendo.
El estrés va más allá de estos síntomas
psicoafectivos. Cuando padecemos estrés el equilibrio fisiológico se ha roto,
nuestras defensas psicológicas no fueron capaces de acomodarse a la amenaza
percibida y el impacto corporal es inevitable. Para padecer estrés es necesaria
la existencia de una experiencia traumática significativa. Cabe preguntarnos,
entonces: ¿por qué ante situaciones adversas similares algunos enferman y otros
no?
La presencia de una experiencia adversa -por más
intensa o dolorosa que sea- generalmente no alcanza, por sí sola, para superar
nuestros mecanismos de defensa. La mayoría de las personas logran acomodarse,
se recomponen y continúan viviendo con mayor o menor costo psicoafectivo, pero
no necesariamente enferman.
En aquellos individuos que si lo hacen, hay, casi
sin excepción, una marca previa, una anomalía en la constitución de su
psiquismo que les impidió construir resiliencia, que conspiró con su capacidad
de afrontamiento. Esa marca, ese primer impacto que los hizo susceptibles,
vulnerables, se remonta casi siempre a los primeros años de la vida.
Las experiencias traumáticas ocurridas en la
infancia que no han sido debidamente resueltas son un significativo factor de
riesgo para padecer estrés en la vida adulta. Enfermar o no enfermar, entonces,
va más allá de las adversidades, la existencia de un sostén vincular apropiado
será el determinante principal que incline la balanza hacia uno u otro lado.
Esa capacidad de superar las adversidades con poco costo corporal o incluso
salir fortalecidos, se conoce con el nombre de “resiliencia”.
Resiliencia
Durante la 2° Jornada Internacional de la Sociedad
Argentina de Psicoinmunoneuroendocrinología que tuvo lugar hace algunos días,
el Dr. Boris Cyrulnik, neuropsiquiatra, psicoanalista y uno de los fundadores
de la etología humana, presentó sus investigaciones en el campo de la
resiliencia. Explicó un estudio comparativo de lo que ocurrió durante la guerra
del Líbano tanto en Beirut como en Trípoli.
En Beirut, que fue la ciudad más cruelmente
bombardeada, con más muertes y con más meses de asedio, los estudios sobre el
terreno demostraron que los niños presentaban muchos menos casos de síndrome de
estrés post- traumático que en Trípoli, que estuvo más tranquila. La
explicación: la propia situación de Beirut hizo que aumentase la solidaridad y
el contacto en las familias mientras que en Trípoli los niños estaban sufriendo
sencilla y llanamente abandono afectivo.
La
respuesta fisiológica al estrés y el estrés enfermedad
En todos los animales superiores, incluido el
hombre, el organismo cuenta con una herramienta esencial para defenderse ante
las situaciones que amenazan su integridad. Cuando el cerebro evalúa que una
situación es peligrosa, pone en marcha –“enciende” un mecanismo adaptativo para
defenderse, para afrontar la situación.
Este “encendido” produce un importante cambio en
todo el organismo: se aceleran el corazón y la respiración, la sangre se
concentra en los músculos y las pupilas se dilatan. En fin, toda una serie de
preparativos corporales y conductuales para estar “listo para la lucha o la
huida”. Cuando el cerebro evalúa que la amenaza ha cesado, el mecanismo se
apaga y todo vuelve al estado basal, a la normalidad. Este mecanismo fisiológico
y conductual se conoce con el nombre de “Respuesta de Estrés”, presente en
todos los animales y esencial para preservar la especie.
Cuando hablamos de que una persona padece estrés,
queremos significar que algo anda mal. Algo se ha desacomodado. Esa persona
tiene una Respuesta de Estrés desadaptada, desequilibrada, disfuncional. Desde
el punto de vista médico, estar estresado es tener una Respuesta de Estrés
enferma. Esta respuesta es el resultado de la combinación de 3 factores: es
exagerada (demasiado potente), es muy sensible (se enciende muy fácil, incluso
cuando no hay peligro real) y no se apaga cuando la amenaza desaparece
El
estrés y la neurociencia
Experiencias con diferentes especies animales han
demostrado que las crías sometidas a un estrés crónico durante determinados
“períodos críticos”, propios para cada especie, se comportan de manera distinta
a aquellos que no son sometidos a dicho estrés.
Se producen modificaciones en el patrón de
secreción de hormonas y neurotransmisores junto con alteraciones en el
crecimiento físico y en la maduración. Es interesante destacar que en
experiencias con ratones, que fueron seguidos durante toda la vida del animal,
cuando llegan a la edad adulta presentan una Respuesta de Estrés anormal,
desadaptada, enferma, cuando son enfrentados con una situación de amenaza.
En conclusión, en algunas especies animales, la
presencia de un estrés sostenido durante ciertos “períodos críticos” produce:
§ Cambios
en el patrón de secreción de hormonas y neurotransmisores.
§ Retardos
en el crecimiento y en la maduración.
§ Acortamiento
de la expectativa de vida.
§ Respuesta
anormal al estrés en la vida adulta.
¿Qué ocurre en los niños?
Tanto el temperamento como la biología corporal
tienen fuertes condicionantes epigenéticos -van más allá de los genes-. Los
factores medioambientales, psicosociales, culturales y religiosos modularán
tanto la conducta social como la fisiología de nuestro organismo.
Las experiencias acontecidas durante los primeros
años de la vida (período de máxima plasticidad neuronal) son fundamentales para
armar la estructura de nuestro psiquismo y condicionarán la forma de responder
a las amenazas. La manera de responder a las situaciones que evaluamos como
peligrosas para nuestra integridad -Respuesta de Estrés- se irá constituyendo y
grabando en el cuerpo.
Que esa respuesta fisiológica y conductual se
desarrolle en forma sana o enferma (disfuncional) dependerá en gran parte de
los factores epigenéticos arriba mencionados y del acompañamiento que el niño reciba
de su entorno para superar las adversidades -la presencia “del otro” será
fundamental-.
Estudios realizados con niños que sufrieron
experiencias traumáticas desde la temprana infancia (aislamiento social, abuso,
maltrato, entre otras) demuestran que también, al igual que los animales, una
alta proporción de estos niños maduran y crecen en forma deficiente y presenta
una Respuesta al Estrés de tipo disfuncional.
Finalmente, estamos en condiciones de inferir que
los cambios químicos (biológicos) que se producen en los niños sometidos a
situaciones de estrés crónico, son los responsable directos de los síntomas que
presentan. Han sido descriptos anormalidades en la secreción de Cortisol
-hormona que producen las glándulas suprarrenales- y de catecolaminas
(adrenalina y noradrenalina).
Síntomas
en los niños que avisan de un estrés disfuncional
Es importante aclarar, que un síntoma o un signo
físico nunca son categóricos -en lo que al diagnóstico de una enfermedad se
refiere-. Siempre son sugestivos, indican probabilidad. Cada persona es única e
irrepetible y sus síntomas estarán condicionados por sus características
biológicas personales y por sus propias experiencias de vida. Hecha esta
salvedad, confeccionaremos una lista de aquellos suelen presentarse con mayor
frecuencia.
Con la finalidad de ser más gráficos, los
clasificaremos por etapas de la niñez:
En
el lactante
Llanto inconsolable, espasmo del sollozo, mal
progreso de peso, irritabilidad, trastornos de la alimentación y del sueño.
En
la primera infancia y segunda infancia
Problemas de conducta diversos, trastornos de la
alimentación, del sueño y gastrointestinales
En
la adolescencia
Intolerancia al ejercicio físico, trastornos
psicoafectivos (ansiedad, depresión), de la conducta alimentaria severos, colon
irritable, desmayos repetidos, dolor de cabeza y cansancio crónicos.
De acuerdo a lo mencionado, resulta de vital
importancia la detección temprana y su abordaje adecuado para prevenir futuras
y serias complicaciones en los niños, ya que el estrés puede afectar a
cualquier persona en cualquier período de su vida.
Opciones
para que los niños desarrollen una respuesta sana al estrés
Las experiencias
afectivas por las que el niño atraviese y la manera como se resuelvan los
conflictos serán fundamentales. “Nada ni nadie puede evitar que sufran” –tal
como decía Joan Manuel Serrat en “Esos locos bajitos”-.
No podremos evitarles el sufrimiento pero la
calidad del sostén vincular con el que cuenten será un determinante prioritario
para su salud tanto física como psicológica. Su respuesta conductual y
biológica frente a la adversidad podrá ser condicionada incluso desde la vida
intrauterina. Para que un niño pueda construir una respuesta de estrés sana
necesita ser deseado, querido, protegido, acompañado, educado y comprendido. Si
estas condiciones están presentes las posibilidades de superar las adversidades
que le presente la vida serán muy altas.
El
estrés en edad avanzada
La vejez es un período de máxima vulnerabilidad al
estrés. Con el paso de los años todas las respuestas fisiológicas se van
deteriorando, los mecanismos adaptativos frente a las adversidades son menos
eficientes y las posibilidades de enfermar aumentan significativamente.
Los lazos vinculares y el apoyo social serán
fundamentales para transitar una ancianidad saludable. En nuestra experiencia
de trabajo con pacientes en internación domiciliaria podemos comprobar a diario
el fuerte impacto negativo que se produce cuando un anciano necesita ser
hospitalizado.
A los problemas de su enfermedad de base, se le
agregan los inconvenientes de estar alejado de sus afectos, de sus cosas
cotidianas, de sus costumbres. A esto se le suman el mayor riesgo de
infecciones, los trastornos del sueño, los problemas de alimentación.
Entendemos que es necesario ser conscientes de esta
problemática y debemos evitar la hospitalización de los pacientes cuando haya
factibilidad de otros recursos sanitarios (centros de día, internación
domiciliaria).
La internación de un paciente, por sí misma,
independiente de la causa que la origine, se constituye en un factor muy
importante de estrés, que condiciona la evolución de la enfermedad. Resulta
estresante tanto para el paciente como para su familia.
Se recomienda internar sólo cuando sea necesario,
otorgar altas tempranas y utilizar, cuando las condiciones del paciente lo
permitan, el recurso de la internación domiciliaria. Muchos de nuestros
pacientes padecen enfermedades crónicas, y tanto ellos como sus cuidadores
ocasionales son propensos a sufrirlo. Dr.
Eduardo Silvestre
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