Sólo faltan unos pocos momentos para que llegue
Navidad y las lecturas de este día nos muestran el camino que sigue el Señor en
todos sus proyectos. Nos presentan a dos mujeres estériles, ancianas y débiles:
la madre de Sansón y la madre del Bautista. Nadie esperaría que se convirtieran
en madres de dos hombres que han marcado la historia. Dios interviene en la historia a favor de su pueblo y manifiesta su
poder y su misericordia por caminos insospechados.
Los débiles y despreciados se convierten en sus
instrumentos favoritos. Siguiendo los sueños de Isaías que hablaban de la
fertilidad que tendría el desierto y del reverdecer del tronco seco, ahora las
madres escogidas por el Señor, se convierten milagrosamente en senos fértiles
que dan a luz en medio de la necesidad del pueblo.
Clama el pueblo en tiempos de Sansón, clamaba el
pueblo en tiempos del Bautista, y Dios responde a su clamor, pero donde menos
lo esperan los hombres. Rompe los proyectos y las expectativas humanas, hace
brotar fuerza de donde no se espera, y ofrece la salvación a su pueblo.
Zacarías, el padre del Bautista, nos ofrece el testimonio de lo que espera el
pueblo y de la sorprendente forma de actuar de Dios.
Ha dado todas las recomendaciones, ha anunciado la
misión que tendrá su hijo, le impone una misión difícil pero extraordinaria, y
Zacarías se queda atorado en sus dudas y sus incredulidades. No es fácil creer
en el Camino del Señor y es mucho más difícil seguirlo. El silencio y la lengua
atada de Zacarías permiten que se desaten toda clase de comentarios, pero el
Señor sabe su cuento y prepara el seno de Isabel con la simiente del pregonero
por excelencia. Hoy también Dios sigue actuando de la misma forma. No esperemos
ángeles ni portentos, Dios sigue
actuando en el pequeño, en el estéril, en el despreciado, y desde ahí presenta
su Evangelio porque en medio de la pequeñez se sigue encarnando Cristo. Escuchemos y creamos en su Palabra. ED
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