Es fundamental partir de la afirmación de San Pablo “porque he sido
crucificado con Cristo, mi vivir es Cristo” (Gál
2,20); ya que desde esta perspectiva podemos comprender y vivir la
enfermedad como un medio de santificación.
1. No
caigamos en la facilonería y superficialidad de la fe. Es muy fácil constatar en muchas casas de retiros, de formación a la
vida consagrada e incluso en parroquias esta declaración paulina, pero
recortada: “Mi vivir es Cristo”, y nos olvidamos que la causa de
este vivir en Cristo es la participación profunda en el sacrificio de la cruz.
Sin esta razón de ser, pierde totalmente peso y densidad de vida nuestro ser
discípulo-misionero de Jesucristo.
2. La
sabiduría de la cruz. La
cruz para los judíos era considerada una locura y para los griegos era necedad,
mientras que para el cristiano es sabiduría. La que no nos enseña
intelectualmente, sino vivencialmente que el sacrificio es un medio de
santificación, entendida como comunión de vida. Significa zambullirnos en la
radicalidad de la vida de Cristo en y desde la cruz. Al participar desde
nuestra enfermedad, realizamos en nosotros un proceso de purificación de
motivaciones existenciales, un discernimiento de la debilidad humana como fortaleza
divina y una capacidad para saber mirar más allá de la propia limitación y
fragilidad humana. En aquel horizonte, es encuentro con la vida de aquél que
“siendo el justo por excelencia ha sufrido más que nosotros”.
3. Seamos
hijos verdaderos de Dios. Conviene
considerar que Jesucristo nunca se auto-proclamó Hijo de Dios.
Solamente lo hizo ante Caifás de modo afirmativo, provocando en el Sumo
Sacerdote el desgarramiento de las vestiduras. Este detalle resulta fundamental
para comprender el “por qué” la enfermedad en el dolor y el sufrimiento que se
identifica con Cristo. Ante Caifás nuestro Señor no tenía otra alternativa que
enfrentar el sacrificio de la cruz. Y es ese reconocimiento de los
otros y encima de un pagano que se da en la misma cruz, pues el
centurión romano al verlo morir lo reconoce en su más alta dignidad:
“verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). AS
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