Nadie sabemos dar una respuesta demasiado clara cuando se nos pregunta
por la felicidad. ¿Qué es de verdad la felicidad? ¿En qué consiste realmente?
¿Cómo alcanzarla? ¿Por qué caminos?
Ciertamente no es fácil acertar a ser feliz. No se logra la felicidad de
cualquier manera. No basta conseguir lo que uno andaba buscando. No es
suficiente satisfacer los deseos. Cuando uno ha conseguido lo que quería,
descubre que está de nuevo buscando ser feliz.
También es claro que la felicidad no se puede comprar. No se la puede
adquirir en ninguna planta de ningún gran almacén, como tampoco la alegría, la
amistad o la ternura. Con dinero sólo podemos comprar apariencia de felicidad.
Por eso, hay tantas personas tristes en nuestras calles. La felicidad ha
sido sustituida por el placer, la comodidad y el bienestar. Pero nadie sabe
cómo devolverle al hombre de hoy el gozo, la libertad, la experiencia de
plenitud.
Nosotros tenemos nuestras «bienaventuranzas». Suenan así: Dichosos los
que tienen una buena cuenta corriente, los que se pueden comprar el último
modelo, los que siempre triunfan, a costa de lo que sea, los que son
aplaudidos, los que disfrutan de la vida sin escrúpulos, los que se
desentienden de los problemas...
Jesús ha puesto nuestra «felicidad» cabeza abajo. Ha dado un vuelco
total a nuestra manera de entender la vida y nos ha descubierto que estamos
corriendo «en dirección contraria».
Hay otro camino verdadero para ser feliz, que a nosotros nos parece
falso e increíble. La verdadera felicidad es algo que uno se la encuentra de
paso, como fruto de un seguimiento sencillo y fiel a Jesús.
¿En qué creer? ¿En las bienaventuranzas de Jesús o en los reclamos de
felicidad de nuestra sociedad?
Tenemos que elegir entre estos dos caminos. O bien, tratar de asegurar
nuestra pequeña felicidad y sufrir lo menos posible, sin amar, sin tener piedad
de nadie, sin compartir... O bien, amar... buscar la justicia, estar cerca del
que sufre y aceptar el sufrimiento que sea necesario, creyendo en una felicidad
más profunda.
Uno se va haciendo creyente cuando va descubriendo prácticamente que el
hombre es más feliz cuando ama, incluso sufriendo, que cuando no ama y por lo
tanto no sufre por ello.
Es una equivocación pensar que el cristiano está llamado a vivir
fastidiándose más que los demás, de manera más infeliz que los otros. Ser
cristiano, por el contrario, es buscar la verdadera felicidad por el camino
señalado por Jesús. Una felicidad que comienza aquí, aunque alcanza su plenitud
en el encuentro final con Dios. JAP
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