Me ha enviado para dar la buena noticia a los
pobres.
Quizás uno de los rasgos más escandalosos e insoportables de la conducta
de Jesús sea su defensa decidida de los pobres. Una y otra vez, los cristianos
tratamos de escamotear y olvidar algo que es esencial en la actuación de Jesús.
No debemos engañarnos. Su mensaje no es una buena noticia para todos los
hombres, de manera indiscriminada. El ha sido enviado para dar una buena
noticia a los pobres: el futuro proyectado y querido por Dios les pertenece a
ellos.
Tienen suerte los pobres, los marginados por la sociedad, los privados
de toda defensa, los que no encuentran sitio en la convivencia de los fuertes,
los despojados por los poderosos, los humillados por la vida. Jesús amenaza a
los ricos y felicita a los pobres porque sólo éstos son los destinatarios del
reino de Dios. Sólo éstos se alegrarán cuando Dios «reine» entre los hombres.
Pero, ¿por qué son ellos los privilegiados? Dios, ¿no es neutral? ¿Es
que los pobres son mejores que los demás para merecer de Dios un trato
especial?
La posición de Jesús es sencilla y clara. No afirma nunca que los
pobres, por el hecho de serlo, sean mejores que los ricos. No existe para Jesús
«un clasismo moral». La única razón del privilegio de los pobres consiste en
que son pobres y oprimidos. Y Dios no puede «reinar» entre los hombres sino
haciéndoles justicia.
Dios no puede ser neutral ante un mundo dividido y desgarrado por las
injusticias de los hombres. El pobre es un ser necesitado de justicia. Por eso,
la llegada de Dios es una buena noticia para él. Dios no puede hacerse presente
entre los hombres sino defendiendo la suerte de los injustamente maltratados.
Si el reinado de Dios se impone, los pobres serán felices. Porque donde
Dios «reina», no podrán ya reinar los poderosos sobre los débiles ni los
fuertes sobre los indefensos.
Pero no lo olvidemos. Lo que es buena noticia para los pobres resuena
como amenaza y mala noticia para los intereses de los ricos. Tienen mala suerte
los ricos. El futuro no les pertenece. Sus riquezas les impiden abrirse a un
Dios Padre y entrar en la nueva sociedad de hermanos. No participarán en la
última fiesta, cuando el Rey se siente a la mesa «con los pobres, lisiados,
ciegos y cojos». JAP
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