Ser cristiano es ser
apóstol, tener una misión. El apostolado cristiano, la evangelización, consiste
en contarle al mundo nuestro encuentro personal con Jesucristo: comunicar (ante
todo con la coherencia de nuestra vida) esta buena noticia, la gran noticia, la
mejor noticia para cada persona y para la humanidad.
¿Y cuál es esta noticia?
Que Dios no sólo nos ha hablado en su creación, en el mundo que nos rodea, y
también en las Escrituras; sino que nos ha enviado a su Hijo para liberarnos
del pecado y, por medio de la Eucaristía, darnos una vida plena. Esto nos hace
testigos y anunciadores del Evangelio.
Jesucristo, buena noticia de Dios
Jesucristo, Evangelio de
Dios para el hombre. Así se titula el primer capítulo del Documento de trabajo
para el sínodo sobre la nueva evangelización. Evangelio quiere decir eso,
“buena noticia”. Y Jesús es la buena noticia para el hombre porque es el gran
“sí” que Dios ha pronunciado a todo lo nuestro. Dios Padre ha querido que Su
Hijo, su único Hijo, se hiciera hombre, compartiera nuestra tierra y nuestra
vida: tuviera una familia, un trabajo, se relacionara con los que le rodeaban,
tuviese amigos, discípulos más tarde. En su vida, tal como la describen los
Evangelios, encontramos respuesta a nuestros anhelos e inquietudes, trabajos,
tareas y penas.
¿Y cómo comunicar esa gran
noticia? Ante todo con la coherencia de nuestra conducta, también con las
palabras que transmiten a otros nuestra experiencia, con los argumentos que
explican por qué la fe da sentido a nuestro vivir. Los cristianos no podemos
dejar de dar testimonio de este encuentro con Jesús que nos transforma, también
a cada uno de nosotros, en mensajes vivos de esta “buena noticia” para quienes
nos rodean.
No se trata sólo de una
“información” fría y objetiva, sino de una “comunicación” en el sentido más
profundo de la palabra: acción que pone en “comunión”, que une, al hacer
participar de este mensaje que trae la verdadera felicidad cuando se vive
auténticamente.
Las curaciones de Jesús y
su atención a todos (preferiblemente a los pobres y necesitados) son signo de
que “Dios es amor”, y que el amor es la única fuerza capaz de renovarnos por
dentro y renovar, como consecuencia, todas las cosas.
Evangelización, llamada a la santidad y conversión
Por eso la invitación a
“creer en el amor”, que se manifiesta en Cristo, es el núcleo de la fe
cristiana, que se traduce en la búsqueda de la santidad. Y todo ello requiere
la conversión: mirar hacia Dios que es donde está nuestra vida y nuestro
futuro. Por eso la evangelización (el apostolado cristiano), la llamada a la
santidad y la conversión son tres realidades que en su relación fructuosa y
recíproca vivifican a los cristianos (cf. Instrumento de trabajo, n. 24).
La unión con Cristo y la
vida en Él conducen a evangelizar. La tarea de la Iglesia, evangelizada y
evangelizadora, consiste en profundizar en su conocimiento de Cristo y anunciar
y transmitir el Evangelio (el conocimiento que posee, y renueva día tras día,
de Cristo y la unión con él). Y eso lo hace con la fuerza del Espíritu Santo:
“Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia,
su identidad más profunda” (exhort. apostólica Evangelii nuntiandi, n. 14).
Ayudar a todos a encontrar
a Cristo en la fe es el objetivo primario de la evangelización. Por eso, “allí
donde, como Iglesia, ‘damos a los hombres sólo conocimientos, habilidades,
capacidades técnicas e instrumentos, les damos demasiado poco’ (Benedicto XVI,
Homilía en Múnich, 10-IX-2006)”.
Cabe notar que, en este
documento de trabajo para el próximo sínodo, el término “evangelización” se
toma en un sentido muy amplio, equivalente a todo lo que la Iglesia hace por el
hombre. El Evangelio, es don para cada hombre y todo lo que es del hombre.
La evangelización
comprende tanto la dimensión física (la compasión por las necesidades
materiales, las enfermedades y los sufrimientos), como la espiritual (la
liberación del pecado). Los santos son los que han recorrido este camino con
diversos medios y métodos, obras e instituciones, que consideraron adecuadas en
su tiempo. Fueron creativos en sus vidas para llevar a Cristo a sus
contemporáneos. Hoy, muchos cristianos siguen esas trazas abiertas por los
santos y continúan siendo en ellas testigos de Cristo. Para acertar en la
transmisión de la alegría de la fe a los hombres y mujeres de hoy, todos los
cristianos han de ser creativos, en donde quiera que se encuentren situados: en
medio de los quehaceres del mundo o en la vida religiosa. A veces –y no son
pocos ya en el tercer milenio- con su martirio, que da credibilidad al
testimonio.
Evangelizar es abrir a una vida plena
Con todo, no faltan falsas
convicciones que se oponen a la evangelización. Algunos sostienen que supone
limitar la libertad, de modo que bastaría ayudar a las personas a ser mejores o
más fieles a su propia religión, o incluso simplemente a trabajar por la
justicia y la paz, máxime teniendo en cuenta que cabe la salvación fuera de los
márgenes visibles de la Iglesia (cf. Instrumento de trabajo, n. 35;
Congregación para la Doctrina de la fe, Nota doctrinal acerca de algunos
aspectos de la evangelización, 3-XII-2007, n. 3).
Sin embargo así se
olvidaría que en Jesucristo está el verdadero rostro de Dios y en la Iglesia la
plenitud de la verdad y de los medios de salvación. De ahí el derecho de toda
persona a ser evangelizada y el deber de evangelizar que tiene la Iglesia
(después de ser continuamente evangelizada) y también cada bautizado.
Quizá los hombres puedan
salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si no les
anunciamos el Evangelio. Pero esto no nos exime de preguntarnos: “¿Podremos
nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza (…), o por
ideas falsas omitimos anunciarlo?” (Evangelii nuntiandi, n. 80).
Renovación personal y renovación de la Iglesia
Además, anunciar el
Evangelio (el apostolado o la misión cristiana), siendo una tarea y un deber
personal, nunca es una empresa puramente individual y solitaria, ni puede
centrarse en determinadas estrategias de selección de los destinatarios (cf.
Instrumento de trabajo, n. 39); sino que es una actividad cristiana y
espiritual en el marco de la comunidad eclesial, abierta sinceramente a todos.
Cuando los cristianos
acercamos a Dios a nuestros amigos, parientes, colegas, conocidos, etc., no
dejamos al margen nuestra familia, la familia de Jesús que es la Iglesia. Al
contrario, les hablamos también de ella, porque ella es (debe ser en cada época
y en cada lugar) nuestro cuerpo, nuestro hogar, la madre que nos ha engendrado
y nos educa en el amor y la belleza. Y cada uno hemos de ser, desde este cuerpo
vivo, vida para otros.
Por eso el sínodo está
llamado a promover la reflexión, en cada caso, sobre “la capacidad de la
Iglesia de configurarse como real comunidad, como verdadera fraternidad, como
cuerpo y no como una empresa”. Así se plantea la relación íntima entre
evangelización y renovación de la Iglesia.
¿Cómo contribuir a esta
renovación? En el punto de partida está la renovación personal, cada uno en su
propio lugar, con los “talentos” (materiales o espirituales) que hemos
recibido, en el contexto de la vida familiar, profesional y social, en el
horizonte de este ser miembros del cuerpo vivo de la Iglesia en el mundo.
La mayoría de los
bautizados no son “eclesiásticos”, pero todos son Iglesia, y el término (del
griego Ecclesia) quiere decir “vocación de muchos”: todos llamados, todos
responsables de la nueva evangelización, de comunicar esta gran noticia que
transforma nuestra vida. RP
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