El único
superviviente de un naufragio llegó a la playa de una isla deshabitada y
perdida en el océano. Durante meses, rezaba fervientemente a Dios pidiendo ser
rescatado. Cada día, escudriñaba el horizonte suspirando por vislumbrar un barco
que pasara por aquel lugar tan apartado de las rutas habituales, pero pasaba el
tiempo y parecía que jamás llegaría nadie.
Cansado,
finalmente optó por construir una cabaña de madera con la que protegerse de los
rigores del invierno y resguardar también sus escasas y modestas pertenencias.
Le costó muchas semanas de trabajo agotador. Un día, a media tarde, después de
hacer una ronda por la isla en busca de alimento, encontró a su vuelta la
cabaña envuelta en llamas, con el humo ascendiendo hasta el cielo. El rescoldo,
que durante tanto tiempo había procurado conservar de modo permanente, había
desprendido una chispa y su casa se había incendiado. Lo peor había ocurrido.
Lo había perdido todo. Se quedó lleno de tristeza y de rabia. “¡Dios, cómo
pudiste hacerme esto a mí! ¿No era suficiente con lo que tenía?”, se lamentó.
Quedó dormido, tendido en la playa. A las pocas horas, le despertó el sonido de
un barco que se acercaba a la isla. Habían venido a rescatarlo. “¿Como supieron
que estaba aquí?”, preguntó el hombre a sus salvadores. “Vimos su señal de humo
y acudimos enseguida”, contestaron ellos.
A veces, en
nuestra vida, hemos puesto mucho empeño en conseguir algunos logros,
probablemente bastante modestos si se miran desde la distancia, y un buen día nos
encontramos con que los hemos perdido o los vamos a perder, y nos parece algo
realmente duro. Sin embargo, cuando perdemos todo por entregarlo a Dios, nos
sucede como a aquel náufrago, que precisamente al perder todas sus modestas
posesiones se encontró con algo mucho más grande.
—Eso es verdad, pero, cuando nos planteamos algo
serio y nos falta valor para acometerlo, se nos ocurren siempre muchos motivos
para esperar.
Sí, en esos
casos nos vienen muchos motivos razonables, e incluso ingeniosos, para no
lanzarnos. El ingenio siempre acude en ayuda de la pereza y nos habla de
moderación, de sensatez, de realismo, de que no están los tiempos para
heroísmos.
C. S. Lewis,
en sus “Cartas del diablo a su sobrino”, describe admirablemente esta tentación
que lleva al alma a regatear con Dios. “Háblale -aconseja el diablo veterano a
su inexperto sobrino- sobre la “moderación en todas las cosas”. Una vez que
consigas hacerle pensar que “la religión está muy bien, pero hasta cierto
punto”, podrás sentirte satisfecho acerca de su alma. Una religión moderada es
tan buena para nosotros como la falta absoluta de religión, y más divertida”.
La vocación no
es el camino de los que sopesan y regatean sus obligaciones para con Dios y con
los demás. Ni es camino de quienes se imaginan hacer un favor a Dios. Ni de los
conformistas o los desilusionados. Ni de los que no se atreven a interrogarse
sobre qué es lo que realmente puede hacerles felices. La vocación supone un
camino de rebeldía, de aventura, de apostar por un ideal de vida.
—Desde luego, entregárselo todo a Dios solo puede
hacerse si se está verdaderamente enamorado de ese ideal.
Es cierto.
Muchas personas hacen grandes esfuerzos por escalar una montaña, o por ganar
una medalla, o por amor a la ciencia, o por vanidad, por orgullo, por dinero,
por afición, por pasión. Pero entregar la vida a Dios y, por Él, a los demás,
solo puede hacerse por amor. Por amor hay quien lo deja todo para recorrer las
calles de Calcuta ayudando a los pobres más miserables. Por amor hay quien
abandona su casa confortable en Europa y vive, sin agua y sin luz, en un
barracón de un pueblo olvidado del Tercer Mundo. Por amor hay hombres que
cruzan continentes y mares, y por ese mismo amor hay otros hombres que se
encierran en la celda de un monasterio. Por ese amor se entregan los años, la
salud, el dinero, la juventud, la seguridad del futuro, el trabajo, el
descanso, los gustos, todo. Ese amor es más fuerte que los lazos de la sangre,
que las raíces de la tierra o que las llamadas del corazón. Ese amor es más
fuerte que la vida y que la muerte. Pero todo eso es un camino seguro hacia la
felicidad, porque, como escribió San Josemaría Escrivá, “lo que se necesita
para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”.
—Es un ideal extraordinario, nadie lo duda, pero
cuesta decidirse y, por eso, es natural replanteárselo una y otra vez.
Es bueno
pensarlo bien, pero la solución no puede estar en darle vueltas y más vueltas,
en pensarlo y volverlo a repensar indefinidamente, porque en algún momento hay
que decidirse. No podemos hacer como Kafka, cuando se planteaba casarse o no,
que ponía en columnas separadas las ventajas y los inconvenientes, sin
decidirse nunca. Eso no es pensar bien las cosas, sino complicarlas. Porque
siempre cabe considerarlo una vez más, la última vez, pero una última vez que
luego siempre es la penúltima; y considerar, por una parte, las ventajas de la
entrega y, por otra, las dificultades. El resultado de este proceso analítico
circular desembocaría, como sucedió al novelista checo, en la angustia de la
indecisión.
—Pero dejar pasar bastante tiempo es una forma de
asegurarse frente a las influencias.
Según sea cada
uno más o menos susceptible de ser influido, necesitará, efectivamente, más o
menos tiempo. Desde luego, si una persona es demasiado sensible a las
influencias externas, y le hacen perder su independencia interior, es mejor que
espere un poco o, mejor, que madure un poco.
Pero lo normal
es ser capaz de distinguir. No hay que olvidar que, en realidad, todo nos
influye: el carácter, la familia, los amigos, el lugar de estudio o de trabajo,
todo. Todo nos influye, pero no todo nos determina. Nuestra vida, como seres en
sociedad que somos, es vida llena de influencias, y construimos nuestra
personalidad en la medida que decidimos dar mayor o menor entrada a unas
influencias o a otras. No existe la libertad “químicamente pura”. Y Dios
también se sirve de las buenas influencias -de las que respetan la libertad-
para atraernos a Él. Por eso, también es de Dios el sentimiento para mover el
alma hacia la entrega.
Por ejemplo,
los enamorados son personas muy influidas mutuamente, y nadie diría que han de
esperar a que se les pase la influencia del enamoramiento para poder pensar
razonablemente en casarse.
Por otra
parte, la propia decisión de entregarse, y la perseverancia en ella, denotan
habitualmente un nivel de madurez, de responsabilidad y de independencia
notables, pues la mayor parte de las influencias suelen ir contra la vocación.
Por eso, son precisamente los menos influenciables y los que poseen suficiente
capacidad para seguir las propias resoluciones a pesar del ambiente adverso,
los que se atreven a pensar en entregarse a Dios.
—También con la vocación da miedo sentirse un poco
solo, pues no es algo que esté muy de moda.
Quizá esté más
de moda de lo que creemos. Pero, aunque no lo estuviera, es una gran cosa
defender lo que no está de moda, tener el valor de ir contracorriente, de saber
decir que no cuando todos se apartan y decir que sí cuando nadie se atreve a
dar el primer paso.
A todos nos impone un poco sentirnos solos, pero pasarse la vida mirando de reojo a ambos lados antes de posicionarse, para así nunca salirse de la fila, eso no es una buena forma de vivir. Quien quiera tener ideas propias, o sacar cualquier cosa adelante, ha de asumir que, en muchos momentos, tendrá que sentirse solo. Es un peso inevitable que todos, de un modo o de otro, hemos de llevar sobre los hombros. Un costalero que no sintiera la carga del paso, que no se cansara, puede estar seguro de que está quitando el hombro, que son los demás quienes llevan el peso.
A todos nos impone un poco sentirnos solos, pero pasarse la vida mirando de reojo a ambos lados antes de posicionarse, para así nunca salirse de la fila, eso no es una buena forma de vivir. Quien quiera tener ideas propias, o sacar cualquier cosa adelante, ha de asumir que, en muchos momentos, tendrá que sentirse solo. Es un peso inevitable que todos, de un modo o de otro, hemos de llevar sobre los hombros. Un costalero que no sintiera la carga del paso, que no se cansara, puede estar seguro de que está quitando el hombro, que son los demás quienes llevan el peso.
—¿Y los propios defectos?
María
Magdalena era una pecadora antes de entregarse plenamente al amor de Dios.
Agustín de Tagaste vivía atrapado por sus amoríos. Camilo de Lelis, antes de
convertirse, era un jugador empedernido. Y Tomás Beckett no era un modelo de
virtudes cuando el rey Enrique II lo nombró Arzobispo de Canterbury en el año
1162, pensando que, con el nombramiento de aquel viejo amigo suyo, podría
manejarlo a su antojo y, con él, a toda la Iglesia de Inglaterra. Es entonces
cuando Tomás descubre su llamada a defender el honor de Dios, una llamada
inesperada y, desde luego, no deseada, pero no renunció a aquel compromiso
escudándose en su indignidad, sino que aceptó ese querer divino hasta morir
mártir en el suelo de su propia catedral.
Todos ellos se
hicieron santos pese a que comenzaron teniendo muchos defectos, luego eso no
debe retraernos, sea cual sea nuestro pasado o nuestro presente.
—Y si una persona es demasiado enamoradiza, o le
gusta demasiado divertirse, o tiene... digamos que… “mucha vida ya recorrida",
¿sería eso un gran inconveniente para el celibato?
Todo eso puede
haber debilitado nuestra alma. Y hace falta una conversión personal verdadera y
estable. Pero no tiene por qué ser un mayor inconveniente para el celibato.
Quien ha conocido ya mucho mundo y recorrido mucha vida, como tú dices, ya sabe
lo que todo eso da de sí, y puede ayudarle a no idealizar demasiado algunas
cosas. Tanto en el Evangelio como en las vidas de los santos hay abundantes
ejemplos de personas que tuvieron una vida un tanto “desarreglada” antes de
encontrarse de lleno con Dios. AA
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