Muchos ladrillos o piedras pueden ser
simplemente un montón de ladrillos o piedras; pero si los ordenamos debidamente
y los unimos unos con otros, según un plan o proyecto, podemos entonces
levantar paredes y hacer con ellos una casa.
También nosotros los hombres podemos
vivir sólo como si fuéramos un conjunto de personas, sin que nos preocupemos
unos de los otros, sin que nos ayudemos ni nos amemos. Seremos entonces
semejantes a un montón de ladrillos. Pero si vivimos unidos y nos preocupamos
por el bien de los demás, formaremos lo que llamamos una Comunidad. Varias
personas forman una comunidad cuando viven unidas, y por lo tanto tienen esas
cosas en común.
La voluntad de Dios es que los hombres
vivamos no solamente juntos, como el montón de ladrillos, sino unidos; formando
comunidades, donde todos nos veamos como hermanos, hijos del mismo Padre: Dios;
interesándonos por los demás; ayudándonos unos a otros. Por eso, si queremos
cumplir la voluntad de Dios, es necesario y urgente que comencemos por hacer de
nuestra familias una verdadera comunidad, donde todos los que estamos bajo un
mismo techo y tenemos la misma sangre y llevemos el mismo apellido, vivamos
unidos, amándonos unos a los otros.
Cuando sólo tenemos los ladrillos
amontonados no nos sirve de nada sino más bien de estorbo; así también,
mientras las familias no logren ser verdaderas comunidades de amor no están
realizando la tarea que Dios les ha encomendado. Que ideas que exponemos ayuden a los
padres de familia a hacer de su hogar una comunidad, eso precisamente: una
comunidad de amor que sea así cada día más conforme con la voluntad salvadora
de Dios.
Dios quiso que todos los que han de
salvar formen un solo Pueblo: el Pueblo de Dios, la familia de Dios; Él es el
Padre, pero todos los demás somos sus hijos. Pero ha querido que el hombre se
reúna además en el ámbito de esa otra familia más reducida que es el propio
hogar; fortalecer el hogar es fortalecer el plan salvador de Dios. AM
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