Como la idea
aparece con cierta frecuencia, hace falta reflexionar sobre la misma: cuando la
Iglesia católica se opone al aborto, ¿no estaría buscando imponer una idea
ética o religiosa de un grupo a toda la sociedad?
El modo de
razonar tras esta pregunta puede ser más o menos claro: el aborto es un tema
discutido sobre el que hay muchos puntos de vista. Uno de ellos es el punto de
vista de la Iglesia católica, que considera el aborto como un delito. Sin
embargo, existen otros puntos de vista, como el de quienes ven el aborto como
una solución ante problemas graves que afectan a miles de mujeres. Estaríamos,
así, ante visiones diferentes que estarían llamadas a convivir en un mundo
pluralista.
¿Qué deberían
hacer, entonces, los parlamentos y las autoridades? Según algunos, constatar la
diversidad de opiniones y luego ver cuál sería la más aceptada por la gente,
sea a través de un referéndum, sea con los votos de los parlamentarios que
representarían los puntos de vista de la sociedad.
Si las cosas
están así, el aborto se convertiría en un asunto (como tantos otros) que es
analizado según posturas éticas contrapuestas, las cuales contarían con un
apoyo popular diversificado. A esto algunos añaden una continua crítica a la
Iglesia: esta institución defendería que su punto de vista es superior respecto
de los defensores del aborto, y que en un tema como el que se refiere a la vida
o a la muerte de los embriones no vale la democracia, en cuanto que un derecho
fundamental no puede ser puesto nunca a votación.
Este modo de
pensar, argumentan los críticos de la Iglesia, sería antidemocrático e
impositivo. En otras palabras, al decir no al aborto y sí a la defensa de la
vida de los hijos antes de nacer, la Iglesia católica buscaría imponer una
visión ética y religiosa particular (la de los católicos y quizá otros
colectivos) a todo el Estado. ¿Sería esto legítimo?
Plantear así
las cosas coloca a la Iglesia en una situación no especialmente fácil, por dos
motivos. Primero: la acusa de ser antidemocrática. Segundo: la presenta como
promotora de imposiciones de ideas y valores que no son aceptados por muchos en
la sociedad.
Si analizamos
más a fondo la situación, el tema del aborto implica ciertamente el peligro de
que unos impongan su punto de vista a otros. Pero ese peligro no sólo
“afectaría” a la Iglesia, sino que también amenaza a quienes la critican.
Existe, sin
embargo, un aspecto con el que entraríamos en una perspectiva interesante ante
este tema. Quienes critican a la Iglesia de querer imponer una visión ética a
otros al rechazar el aborto proponen, al mismo tiempo, que sea lícito imponer
la muerte a un ser humano que acaba de nacer.
En otras
palabras, la verdadera imposición, que es además injusta y que va contra la
defensa de un derecho humano fundamental, no está en quien dice no al aborto,
sino en quien defiende, falsamente, que exista un derecho al aborto.
Porque hablar
de “derecho al aborto” es tan contradictorio como defender que exista un
derecho a la eliminación de seres humanos inocentes, pues eso es lo que ocurre
en cada aborto provocado: unos, adultos, provocan la muerte de otros, embriones
o fetos indefensos.
Hay que abrir
los ojos ante estos hechos para denunciar propagandas demagógicas: ir contra el
aborto no implica oponerse a la democracia, sino que lleva a defender uno de
los pilares fundamentales para que exista un sano sistema de gobierno, el que
tutela la vida de todos los seres humanos, antes o después de su nacimiento.
En otras
palabras, la Iglesia, al decir “no” al aborto, está diciendo “sí” a la justicia
y a los derechos humanos fundamentales. De este modo, se opone a una de las más
graves imposiciones, la que permite a los adultos eliminar a seres humanos
indefensos, y promueve así uno de los pilares irrenunciables para que exista un
sistema democrático auténticamente sano. FP
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