Sacerdote y
Mártir, 10 de Septiembre
Martirologio Romano: En Londres, Inglaterra, san Ambrosio Eduardo
Barlow, sacerdote de la Orden de San Benito y mártir, que durante 24 años
consolidó en la fe y en la piedad a los católicos de la región de Lancaster y,
arrestado mientras predicaba en el día de la Pascua del Señor, después de la
prisión, fue condenado a muerte bajo el rey Carlos I por ser sacerdote y
fue ahorcado en Tyburn († 1641).
Fecha de beatificación: 15 de diciembre de 1929 por S.S. Pío XI.
Fecha de canonización: 25 de octubre de 1970
por S.S. Pablo VI.
Nació en Manchester en el seno de un gentilhombre.
Bautizado católico, recibió una educación protestante, pero volvió a su fe
primigenia y estudió en Douai y en 1610 pasó a Valladolid para ser
sacerdote y doctorarse en Teología y Filosofía. En 1615, fue admitido como
monje benedictino en el convento de San Gregorio en Douai (ahora Downside),
pero pidió ser afiliado en la abadía española de Celanova y la comunidad acogió
su petición; al recibir el hábito tomó el nombre de Ambrosio. Fue enviado a la
misión inglesa, a su pueblo Lancashire, donde trabajó durante 24 años; el
principal centro de actividad del padre Ambrosio se hallaba en la parroquia de
Leigh. Uno de sus penitentes escribió de él: “Era tan «entretenido, ingenioso y
alegre en sus conversaciones que, entre todos los hombres que he conocido, él
representaba, en mi opinión, el auténtico espíritu de Sir Thomas More...
Tampoco lo vi nunca irritarse en las ocasiones en que los otros le hicieron
daño, le insultaron o le amenazaron, lo que sucedía con frecuencia; antes bien,
como si fuera insensible al daño o estuviese libre de cólera, divertía a sus
enemigos con una broma ingeniosa o los saludaba al pasar, con una inclinación
de cabeza y una sonrisa».
De acuerdo con el obispo Challoner, en 1628, el
padre Ambrosio administró los últimos sacramentos en la prisión a san Edmundo
Arrowsmith, quien, después de su martirio, se apareció en sueños al padre
Ambrosio (que ignoraba que hubiese muerto) y le dijo: «Yo he sufrido y ahora tú
sufrirás. No hables mucho porque ellos se aprovecharán de tus palabras». Y así,
durante trece años, el buen monje trabajó sin cesar en espera de su muerte a
cada instante.
Cuatro veces estuvo en la prisión y otras tantas
quedó en libertad hasta que, en marzo de 1641, la Cámara de los Comunes obligó
al rey Carlos I a ordenar que todos los sacerdotes abandonasen el territorio
del reino, a riesgo de incurrir en las penas para los traidores. Seis semanas
más tarde, el vicario de Leigh, un tal señor Gatley, celebró las Pascuas con
una procesión en la que él condujo a sus fieles armados con palos, picas y
cuchillos hasta Morleys Hall, donde se apoderaron de Ambrosio Barlow, mientras
predicaba al fin de la misa. Lo llevaron ante un juez de paz, quien lo remitió
preso al castillo de Lancaster. Al cabo de cuatro meses de prisión, compareció
en el tribunal ante el magistrado sir Robert Heath y, desde el primer momento,
admitió que era sacerdote. Al preguntársele por qué no había obedecido la orden
de abandonar el reino, replicó que el decreto especificaba que los desterrados
debían ser «los jesuitas y los sacerdotes de seminario» y él no era más que un
monje benedictino; además, había estado muy enfermo y no podía viajar. El 8 de
septiembre fue condenado a muerte.
Fue llevado en una carreta de Lancaster al sitio de
la ejecución. Tuvo que andar en torno al cadalso por tres veces, mientras
recitaba el salmo “Miserere”; después, fue ahorcado, desmembrado y
desentrañado.
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