Religioso y
Mártir, 07 de Septiembre
Martirologio Romano: En territorio de la Arquidiócesis de Madrid, España, Beatos Alberto
María Marco y Alemán y 8 compañeros de la Orden de los Carmelitas de la Antigua
Observancia; Agustín María García Tribaldos y 15 compañeros del Instituto de
los Hermanos de las Escuelas Cristianas, asesinados por odio a la fe. (†
1936-1937)
Fecha de beatificación: 13 de octubre de 2013, durante el
pontificado de S.S. Francisco.
Natural de Irún, Diócesis de San Sebastián, España,
nació el 4 de febrero de 1893 en una familia profundamente cristiana, cuya
madre y hermanas lo sobrevivieron, se distinguió desde sus primeros años por
cualidades que le caracterizaron hasta el fin: bondad connatural, tierna piedad
y notable espíritu de orden. ¡Cuántas veces le vieron sus padres compartiendo
su merienda con los pobres a la puerta de casa o en un rincón de la calle!
Frecuentaba la iglesia con gusto, para allí explayar el fervor de su alma.
Fue modelo de sus compañeros y querido por ellos,
en la escuela lasallista de San Marcial, en su pueblo natal. Con su celo
precoz, se ingeniaba, con otros compañeros, para sustituir en bares, cafés,
peluquerías, la prensa impía e inmoral por revistas católicas compradas con
sacrificio de su pobre alcancía.
Terminados sus estudios, entró a trabajar en las
oficinas de los Ferrocarriles del Norte de España, en donde ya estaba empleado
su padre. Allí mereció el mayor aprecio de sus jefes. Pero su corazón estaba
lejos de allí, pues habla escuchado la voz que le llamaba a más alta
perfección.
Ya su hermano mayor había abrazado el sacerdocio;
murió prematuramente en la gripe de 1917, siendo vicario de lrún, en el
ejercicio de su santo ministerio. Joaquín, más modesto en sus aspiraciones,
soñaba con el instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas de La Salle.
En espera de la hora de Dios, se ejercitaba en el apostolado entre sus
compañeros, contribuyendo en gran parte a la formación de un núcleo de jóvenes católicos,
agrupados en la asociación llamada ‘Los buenos amigos’, que había de realizar
un gran bien en lrún.
Cuando a los diecisiete años se decidió a ir al
Noviciado de Bujedo, el Hno. Junián Alberto fue un Novicio piadosísimo, de
carácter afable. Cumplió con dignidad y puntualidad perfectas su oficio de
sacristán.
Terminada su formación, se le encomendó la clase de
pequeñitos del Colegio de San Sebastián, donde permanecería como profesor de
segunda enseñanza durante ocho años. Enviado después como profesor al Noviciado
Menor, vuelve al poco tiempo a sus trabajos en el Pensionado de San Bernardo.
Maestro concienzudo y abnegado, el Hermano Junián
Alberto tenía sumo cuidado en preparar todas sus lecciones, especialmente el
catecismo, llenando cuadernos con sus notas y explicaciones. Tenía por norma
inspirarse en los Hermanos más experimentados, para llevar sus clases con los
mejores procedimientos. De temperamento más bien benévolo que firme, no estaba
dotado de natural autoridad con los alumnos; pero, por su piedad y gran
corazón, era muy estimado y aceptado por ellos.
Al cerrarse el Pensionado en 1928, el Hno. Junián
Alberto dirigió durante un año la Comunidad de Herrera. Después se le encomendó
la dirección del Noviciado Menor de lrún, donde su tan atractiva como evidente
virtud prometía el mayor bien. Pero, creyéndose incapaz para ese delicado
puesto, logró ser aliviado de esas responsabilidades. Fue destinado a Azcoitia
por poco tiempo.
Dios le reservaba un empleo de mayor resonancia
apostólica: se le confió la dirección de la revista mensual Vida y Luz, de la
Cruzada Eucarística y el Boletín del Santísimo Niño Jesús. Por fin había
encontrado su camino y allí iba a dar la medida de toda su habilidad y celo
esclarecido. Desde esta doble cátedra, el alma eminentemente apostólica de este
infatigable animador hablara a los niños para mantener y activar en sus
corazones la llama de la que Jesús Eucaristía es el hogar.
La Comunidad del Sagrado Corazón de Madrid, tenía
un reglamento complicado a causa de las exigencias del Asilo, convertido en
Escuela de Artes y Oficios. A pesar de sus múltiples ocupaciones, el Hno.
Junián Alberto daba ejemplo de puntualidad en los ejercicios religiosos. Mañana
y tarde, y a hora fija, se le veía en prolongada visita al Santísimo Sacramento.
No omitía el acto de adoración al principio y al fin de su trabajo de oficina,
ni el Viva Jesús en nuestros corazones.
Su piedad era, como todo en su persona, sencilla,
dulce, edificante y atractiva. Al rezar a su lado, se contagiaba uno del fervor
de su alma. Se desprendía de él como un aroma de virtud. Su conversación
versaba preferentemente sobre Dios, la Santísima Virgen, los santos, el
progreso religioso en el mundo, los mejores medios de apostolado cristiano,
etc. Nunca hablaba de los acontecimientos políticos o de cuanto podía herir el
buen nombre del prójimo.
Excesivo en su trabajo, el Hno. Junián Alberto
sufría con frecuencia fuertes jaquecas. Se veía obligado por ello a guardar
cama dos o tres veces por mes, vencido por la violencia del dolor. Valiente y
hasta alegremente lo soportaba y, si alguna queja se le oía, era por el trabajo
que veía retrasarse. Pero, apenas repuesto, reemprendía su labor resuelto a llevarlo
a efecto a toda costa. “Sufrir y a lo menos trabajar”, parecía su consigna de
los últimos tiempos. Ofrecía a Dios todo por el triunfo religioso y la
salvación de la Patria, contra los sicarios del sovietismo y de la anarquía,
que habían jurado destruir hasta los cimientos de la civilización cristiana,
primero en España, país señalado como su primera víctima.
Encomiada por todos su educación y distinción de hidalgo,
la caridad de este digno discípulo de San Juan Bautista de la Salle subyugaba a
cuantos le trataban. Cualquier servicio apostólico que se le encomendara estaba
de antemano asegurado y podía contar con su abnegación tan completa como
desinteresada. Todo era atractivo para los niños en este religioso modelo. De
la forma más natural le querían, le veneraban los Hermanos y la gente le tenía
en alta estima.
¡Cuán superior a las vanidades del mundo era su
alma! Sentía ver a los Hermanos dar importancia a cosas sin importancia y que,
haciendo peligrar lo único digno de su entrega, hacían olvidar o descuidar la
gloria de Dios y la salvación de las almas. Sufría íntimamente ante toda inútil
controversia, enfrentamiento político o ante cualquier otra cosa que pudiera
turbar la paz y la caridad, sin las que no se puede realizar el bien en las
comunidades.
Quienes veían en Madrid la obra de este intrépido trabajador, no podían reprimir su admiración. En la fecha señalada, los clientes recibían una u otra de las dos revistas, en progreso constante de presentación y ejecución tipográfica. Ellas testifican su asiduo cuidado, su gusto exquisito y la excelencia de sus aptitudes técnicas. Sólo quien haya ocupado un puesto análogo durante algunos años, puede apreciar la cantidad de preocupaciones y solicitud que exige, además de tener al día la correspondencia, componer los artículos, corregir las pruebas, comprobar la ilustración.
Quienes veían en Madrid la obra de este intrépido trabajador, no podían reprimir su admiración. En la fecha señalada, los clientes recibían una u otra de las dos revistas, en progreso constante de presentación y ejecución tipográfica. Ellas testifican su asiduo cuidado, su gusto exquisito y la excelencia de sus aptitudes técnicas. Sólo quien haya ocupado un puesto análogo durante algunos años, puede apreciar la cantidad de preocupaciones y solicitud que exige, además de tener al día la correspondencia, componer los artículos, corregir las pruebas, comprobar la ilustración.
La extraordinaria actividad del Director de Vida y
Luz desbordaba las obligaciones de su empleo y sus habilidades artísticas se
manifestaban espontáneas para realzar el brillo de las ceremonias religiosas.
En esos días subía al coro y su arco vibraba en piadosas armonías. También
prestaba su concurso a los ensayos de música en el Noviciado Menor.
Hasta alguna vez se ofrecía a reemplazar a un
profesor ausente. El Hno. Junián Alberto tenía, como fruto de su trabajo
personal, una rica colección de evangelios y epístolas brevemente comentadas y
al alcance de los alumnos.
Quienes le conocieron, admirados, le pidieron que
se imprimieran, previa la autorización de los Superiores. Entre tanto vino el
cataclismo de 1936. Se presume que este precioso trabajo desapareció en la
hecatombe revolucionaria. Revistas, fichas, depósitos, redacciones y
manuscritos prestos a su impresión, todo fue destruido por el huracán
desencadenado por los sin Dios
El Hno. Junián Alberto, todo caridad, se hizo un
piadoso deber en acompañar al Hno. Luis Victorio, Director de Santa Cruz de
Mudela, en sus salidas por Madrid. Estaban fuera del Asilo cuando se apresó a
los Hermanos de la Comunidad. Juntos se refugiaron en casa de un amigo. Pero
llegó el 30 de agosto y no apareció ya ninguno de los dos en la casa que
compartían con un Hermano del Distrito de Valladolid. Este Hermano avisó de
esta insólita ausencia al Hno. Director del Asilo. Unos meses después de esta
desaparición, se descubrió en la Dirección General de Seguridad la fotografía
del Hno. Luis Victorio con el nº 10 y la fecha de 7 de Septiembre de 1936. Era
sin duda la de la muerte de ambos.
Falleció a los 43 años, 25 de vida religiosa y 15
de profesión perpetua.
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