La dialéctica
era, para Aristóteles, una técnica que ayuda a discutir con habilidad. Al
presentar esta técnica, sobre todo en los Tópicos, Aristóteles mostraba la
importancia de conocer las opiniones comunes y reconocidas, las ideas aceptadas
mayoritariamente en la sociedad, para usarlas a la hora de “combatir” y
“vencer” al interlocutor.
La técnica no
quedó circunscrita al mundo griego, sino que se ha aplicado y se aplica de
muchas maneras. También al tema del aborto, como podemos apreciar con
frecuencia.
Pensemos en un
debate en el que discuten dos personas, una a favor y otra en contra del
aborto. En muchos de esos debates resulta más fácil organizar las frases para
hacer ver como absurda la posición contraria, en vez de defender el propio
punto de vista. En ese sentido, quizá los defensores del aborto son más hábiles
que los enemigos del aborto.
Para derrotar
a un defensor de la vida, el defensor del aborto puede recurrir (de hecho,
muchas veces lo hace) a varias “opiniones comunes” (que pueden ser verdaderas o
falsas, pero que se caracterizan por el hecho de haber sido aceptadas de un
modo generalizado). Es decir, aplica lo que ya enseñaba Aristóteles en su
tiempo. Podemos evocar algunos ejemplos concretos de este tipo de
argumentaciones:
1. Ir contra el aborto es típico de
quien desea imponer una maternidad a la mujer. Es decir, los provida irían en
contra de una idea muy aceptada (opinión común) en la sociedad moderna: somos
libres, y nadie puede imponer a los demás nada, mucho menos respecto del propio
cuerpo.
2. Ir contra el aborto implica someter
las leyes civiles a la moral de algunos grupos religiosos, cuando vivimos en un
mundo laico donde todos tienen derecho a vivir según sus principios personales,
sin que nadie imponga creencias privadas al conjunto de la sociedad.
3. Ir contra el aborto significa
perpetuar una mentalidad machista que somete a las mujeres a costa de
esclavizarlas a través de la maternidad, cuando el mundo moderno no quiere para
nada volver a actitudes machistas (es decir, el mundo moderno sería abortista
por definición, según este “argumento”).
4. Ir contra el aborto limita la
libertad sexual de la mujer mientras mantiene los privilegios del hombre.
Gracias a la educación y a nuevos métodos (en concreto, el uso generalizado de
métodos anticonceptivos, y el recurso al aborto “en casos de emergencia”) la
mujer ya ha tomado conciencia de sus derechos y puede disfrutar de la
sexualidad al mismo nivel que los varones: sin tener que someterse a embarazos
no deseados.
5. Ir contra el aborto es desconocer los
progresos de la ciencia, pues la mayoría de los médicos y los científicos
consideran que uno llega a ser persona humana sólo a partir de cierta etapa de
su desarrollo, y no en el momento de la concepción como defienden, con muy poco
respeto a la ciencia, los grupos pro-vida.
La lista de
este tipo de argumentaciones podría ser mucho más larga. El enemigo del aborto
(es decir, el defensor de la vida del hijo) parece quedar arrinconado ante
argumentos que lo ponen contra las opiniones comunes, contra ideas que han
calado en muchos corazones.
Pero si vamos
más allá de las técnicas dialécticas, podemos reconocer que una discusión así
llevaba no necesariamente conduce a la verdad. El mismo Aristóteles era
consciente de que una persona puede refutar (vencer) a otra a través del
recurso a las opiniones comunes, al mismo tiempo que tal refutación no deja de
ser fruto de engaño, de manipulación, o simplemente un juego argumentativo que
no lleva a ninguna verdad concreta sino que sirve simplemente para ridiculizar
al adversario.
Si vemos los
cinco argumentos apenas presentados, podremos reconocer que todos dejan de lado
el núcleo central de la cuestión: en cada aborto es eliminada una vida humana
en sus fases iniciales. En otras palabras, el aborto no es un gesto
intrascendente por el cual una mujer queda libre de una agresión injusta o
consigue defender sus derechos. Es un gesto sumamente grave, con el cual una
madre permite (o provoca directamente, con el uso de abortivos farmacológicos o
con otros métodos) el que su hijo sea eliminado dentro de sus entrañas. Por
eso, una argumentación bien llevaba ayudaría a todos a reconocer algo que también
es una “opinión común” de nuestras sociedades: nunca se puede eliminar una vida
humana para satisfacer deseos o proyectos personales, por muy profundos y
“buenos” que éstos sean.
En los muchos
conflictos de deseos y de proyectos que caracterizan la vida de las personas,
se pueden llevar a cabo actos legales, protestas, huelgas, siempre que no se
dañen los derechos básicos de otros, sobre todo el derecho a la vida de los
inocentes.
Por eso, una
mujer que inicia el embarazo y quiere vivir según sus planes personales, que no
se siente preparada para asumir sus responsabilidades de madre, que tiene miedo
a las enormes presiones de quienes están a su lado, que teme la marginación
social o la pérdida del puesto de trabajo, puede realizar aquellas acciones
necesarias para defender sus derechos como mujer, pero nunca a costa de la vida
de un ser humano inocente: su propio hijo.
Vale la pena
recordarlo, para que en los debates sobre el aborto no se creen espejismos de
argumentos que deslumbran y que pueden llevar a victorias fatuas, pero que en
el fondo encierran una derrota profunda. Porque siempre es derrota el que un
pueblo permita que las mujeres puedan dar la “orden” que termina con la vida de
los propios hijos.
Frente a esa
derrota, los amigos de la vida (por eso son enemigos del aborto) tenemos que
trabajar en serio para promover una cultura que proteja al más débil de los
seres humanos: al hijo antes de nacer; y que ayude a las madres en dificultad
para que reconozcan qué alternativas y ayudas existen para su situación
concreta.
Así será
posible no sólo eliminar leyes que han permitido millones de abortos mal
llamados “legales”, sino sobre todo defender a la mujer en su dignidad y su
nobleza intrínseca, con las cuales puede luchar a favor de sus hijos y, en el
fondo, a favor de un mundo más justo, más humano y más bueno. FP
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