En el primer
volumen de las Memorias de Julián Marías hay una reflexión especialmente
conmovedora y que refleja una cuestión verdaderamente crucial. Escribe, después
de su boda, cuando se encuentra subjetivamente en la cima de la felicidad, y
dice: “Siempre he creído que la vida no vale la pena más que cuando se la pone
a una carta, sin restricciones, sin reservas. Son innumerables las personas,
muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen por miedo a la vida, que
no se atreven a ser felices porque temen a lo irrevocable, porque saben que, si
lo hacen, se exponen a la vez a ser infelices”.
“Efectivamente
-añade José Luis Martín Descalzo-, una de las carcomas de nuestro siglo es ese
miedo a lo irrevocable, esa indecisión ante las decisiones que no tienen vuelta
de hoja o la tienen muy dolorosa, esa tendencia a lo provisional, a lo que nos
compromete ‘pero no del todo’, que nos obliga ‘pero solo en tanto en cuanto’. Preferimos
no acabar de apostar por nada, o si no hay más remedio que hacerlo, lo rodeamos
de reservas, de condicionamientos, de “ya veremos cómo van las cosas”.
Ocurre en
todos los terrenos. Por de pronto, en la vida matrimonial. Pero el ‘miedo a lo
irrevocable’ ha llegado incluso a lo religioso y lo más intocable, que es el
sacerdocio. Uno puede fracasar y equivocarse, es cierto, pero ¿cabe mayor
fracaso que lanzarse a volar con las alas atadas por toda una maraña de
condicionamientos?
Y lo que más
me preocupa es que parece que este pánico a lo irrevocable se ha convertido en
una de las características espirituales de la mayor parte de nuestra juventud y
de un buen porcentaje de adultos. La gente no es amiga de jugarse la vida a una
carta en ningún terreno; prefiere embarcarse hoy en el barco de hoy y mañana ya
pensará en qué barco lo hace. Y lo más grave es que esto se está presentando
como un ideal, como ‘lo inteligente’, como ‘lo civilizado’. ¿Con qué razones?
Te dicen: todo es relativo, comenzando por mí mismo. Yo sé cómo es hoy el
hombre que yo soy; pero no sé cómo seré mañana. Todos cambiamos de ideas, de
modos de ser. ¿Por qué comprometerlo todo a una carta cuando el juego de mañana
no sé cómo se presentará?
Y hay en este
raciocinio algo de verdad: es cierto que hay muchas cosas relativas en la vida,
en las que hasta será bueno cambiar en el futuro, cuando se vean con nueva luz.
Pero, relativizarlo todo, ¿no será un modo de no llegar nunca a vivir?
“En realidad,
esas cosas permanentes son pocas: el amor que se ha elegido, la misión a la que
uno se entrega, unas cuantas ideas vertebrales y, entre ellas, desde luego,
para el creyente, su fe. En estas, lo confieso, mis apuestas siempre fueron y
espero que sigan siendo totales. Por esas tres o cuatro cosas yo estoy
dispuesto a jugar a una sola carta, precisamente porque estoy seguro de que
esas cosas o son enteras o no son. Así de sencillo: o son totales o no existen.
Un amor condicionado es un amor putrefacto. Un amor ‘a ver cómo funciona’ es un
brutal engaño entre dos. Un amor sin condiciones puede fracasar; pero un amor
con condiciones no solo es que nazca fracasado, es que no llega a nacer”.
—Pero es natural que, ahora que la gente vive
mejor y que, por tanto, tiene más que perder, tenga más miedo a apostar por
seguir caminos irrevocables.
Me viene a la
memoria la escena del Antiguo Testamento en que el rey Salomón pide a Dios
sabiduría y discernimiento, en vez de riquezas, salud, larga vida, poder o
placeres. A Dios le agradó ese deseo de Salomón, por ser una petición buena e
inteligente, y le dijo que le daría lo que pedía, y también lo que no pedía.
Con la entrega
a Dios o a otra persona sucede algo parecido. No debemos dejarnos seducir por
esos señuelos que absorben la vida de tantos, sino dirigir nuestra vida con un
horizonte más elevado, con una apuesta decidida por ser fieles toda la vida, y
entonces Dios se mostrará generoso con nosotros, y nos dará lo uno y lo otro:
la sabiduría y la felicidad.
—¿Crees, entonces, que no hay que tener miedo a
pedirle a Dios que nos conceda aquello que no siempre nos apetece?
Hay que
pedirle luz y sabiduría, como hizo Salomón. Mucha gente tiene a Dios como un
mero recurso en caso de dificultad. Le piden cosas como si Dios fuera un
fontanero al que llaman cuando les falla un grifo o aparecen unas goteras. Pero
quienes tratan a Dios con mayor cercanía no le piden eso, o al menos no le
piden solo eso. Comprenden enseguida que Dios no está para solucionarnos los
problemas domésticos, sino que debe iluminar nuestra vida constantemente.
Entonces, como Salomón, comprenden qué es lo que deben pedir. Y quizá les
impone un poco pedirlo, pero lo hacen. Y piden lo que nadie pide. Piden a Dios
que les llene de sabiduría, que alumbre su camino, que les haga ver qué quiere,
qué espera de ellos. Y descubren su vocación, y dan a su vida un sentido de
misión.
Desde fuera,
algunos pensarán que es una tontería no buscar y pedir riquezas y goces. No se
dan cuenta de que Dios, con su sabiduría, da la mayor riqueza. No han comprendido
aún que no hay nada más triste que la oscuridad de no querer ver a Dios que
sale a nuestro encuentro. Que, en el fondo, Dios nos da también, con su
sabiduría, lo que no hemos pedido y otros tanto ansían.
Esa cercanía a
Dios es necesaria para el discernimiento de la propia vocación, y también para
corresponder a ella y alcanzar la felicidad. “Hemos de trabajar mucho cada día
-explicaba la Madre Teresa de Calcuta- para vencernos a nosotras mismas. Hemos
de pedir la gracia de amarnos mutuamente. Para poder hacer eso, nuestras
hermanas llevan una vida de oración y sacrificio. Por eso comenzamos nuestro
día con la comunión y la meditación. Todas las noches, cuando volvemos del
trabajo, nos reunimos en la capilla para hacer una hora ininterrumpida de adoración.
En la quietud de la oscuridad encontramos paz en la presencia de Cristo. Esa
hora de intimidad con Jesús es algo muy hermoso. He visto un gran cambio en
nuestra congregación desde el día en que comenzamos a hacer adoración diaria.
Nuestro amor por Jesús es más íntimo. Nuestro amor entre nosotras es más
comprensivo. Nuestro amor por los pobres es más compasivo”.
Si uno se
atreve a pedirle a Dios lo que pocos le suelen pedir, pero que supone la mayor
inteligencia, Dios nos hace ver nuestro camino cada vez con más claridad. Eso
supone exigencia, pero con la exigencia viene la satisfacción y la felicidad.
Aunque no quiere decir que, con eso, uno tenga ya un seguro a todo riesgo para
la santidad. De hecho, Salomón se descuidó al final de su vida y se apartó de
Dios.
—¿Piensas, entonces, que hay que jugarse la vida a
una carta?
Son una
multitud los santos de la Iglesia. Cada uno de ellos tuvo su misión. Cada uno
se jugó la vida a una carta. También nosotros tenemos una misión específica y
concreta por la que hemos de apostar la vida. Un camino, un itinerario personal
para alcanzar esa plenitud de la vida cristiana a la que estamos llamados. Un
camino para realizar, en definitiva, la misión de la Iglesia, que continúa a
través de los siglos la misión de Cristo de anunciar la salvación a todos los
hombres de todos los tiempos. “Toda criatura humana -ha escrito Javier
Echevarría- ha de enfrentarse a los años de su existencia con la conciencia de
que son un tesoro puesto en sus manos por Dios, y de que, como toda dádiva,
entrañan una responsabilidad. El cristiano ve sus días como el plazo que se le
concede para responder a la vocación y a la misión que le han sido confiadas”.
Puede ser que
Dios te llame a un camino específico y singular dentro de la Iglesia, por
ejemplo, como sacerdote. En ese caso particular, te esperan miles de almas
sedientas de los sacramentos, sedientas del mensaje salvador de Dios. Miles de
hombres y mujeres encontrarán en tu palabra y en tu vida un refugio contra su
soledad y su cansancio, una razón para seguir viviendo. Si respondes
generosamente a su llamada, tus manos elevarán sobre la tierra el Cuerpo de
Cristo, perdonarán los pecados en su nombre, facilitarán la salvación a muchas
almas. Unas, por tu testimonio o tu trabajo directo; otras, fruto de tu
oración, de tu sacrificio personal, de tu entrega escondida que Dios contempla
y hace fructificar. De muchas de ellas tendrás noticia y conocimiento; de
otras, quizá muchas más, no sabrás nunca. Todo eso, tanto en ese camino como en
cualquier otro que Dios te señale, se hará realidad, como explica la parábola
de la semilla que muere para dar fruto, si eres capaz de apostar tu vida a una
carta y morir a ti mismo por amor a Dios.
Jugarse la
vida a una carta no es simplemente tomar una decisión en un momento determinado
y renunciar por Dios a otros proyectos menores. Es una actitud que ha de estar
presente a lo largo de toda la vida. Es apostar con total determinación por el
camino que Dios nos inspire y seguirlo con perseverancia, aunque no siempre
encontremos a nuestro alrededor la acogida o la correspondencia que
esperábamos.
Santa
Francisca Cabrini había fundado en 1880 la Comunidad de las Misioneras del
Sagrado Corazón y se había establecido en Lombardía con sus primeras
religiosas. En aquel tiempo eran muchísimos los italianos que emigraban a
Norteamérica, y allí apenas tenían asistencia espiritual. El Arzobispo de Nueva
York, Mons. Corrigan, había pedido personalmente a Francisca que enviara a sus
religiosas a ese país. Ella deseaba que fueran a China, pero León XIII le rogó
que atendiera esa petición y Santa Francisca cambió de planes inmediatamente.
El viaje le resultó muy duro, pues siendo niña se había caído a un río y desde
entonces tenía horror al agua, pero cruzó el Atlántico con seis de sus
religiosas y desembarcó en Nueva York en marzo de 1889. La acogida no fue
precisamente entusiasta. Al llegar, se encontraron con que las benefactoras que
habían prometido conseguir una casa para poner en marcha un orfanato y una
escuela primaria, habían tenido algunas diferencias con el arzobispo y el
proyecto se había abandonado. Cuando fueron a ver a Mons. Corrigan, estaba tan
desanimado que terminó diciendo que, en vista de las circunstancias, lo mejor
era que la madre Cabrini y sus religiosas regresaran a Italia. Pero ella
respondió: “No, señor arzobispo, el Papa nos envió aquí, y aquí nos vamos a
quedar”. Podía haberse desanimado, pero había apostado su vida a una carta y no
se iba a retirar por este nuevo envite de la dificultad. A los pocos meses ya
habían encontrado otra casa y, en menos de un año, ya fueron a formarse a
Italia las dos primeras novicias norteamericanas.
La Comunidad
de Misioneras del Sagrado Corazón no solo se asentó enseguida en Nueva York,
sino que empezó a extenderse por toda América del Norte y del Sur, con
numerosas escuelas, orfanatos y hospitales. A la vuelta de veinte años, eran ya
más de mil religiosas. Santa Francisca Cabrini acabaría siendo la primera
ciudadana norteamericana canonizada, y su vida fue un ejemplo de tesón y de
fortaleza, de despliegue de actividad en servicio de Dios y de preocupación
santa por el desamparo que muchas veces pasa la juventud.
Al final,
responder que sí a la llamada de Dios será siempre una apuesta, un acto de fe
en esa llamada y en quien la hace. Así han obrado los santos a lo largo de la
historia. Y así obró la Virgen, como testimonia el Evangelio en las palabras de
la Visitación a su prima Santa Isabel: “Dichosa la que ha creído que se
cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor”. AA
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