A lo largo de la historia de la
cristiandad, han existido personas excepcionales en las que especialmente
posamos nuestra atención en la actualidad para ser guiados por ellos, para
pedirles ayuda, intercesión, esclarecimiento. Por ser modelos perfectos de
acción en alguno o todos los campos de su vida, por haber respondido fielmente
al llamado que Dios hace a cada uno de sus hijos, siguiendo el camino que Jesús
nos mostró durante su paso por la tierra, se convirtieron en hijos dignos de
ser llamados cristianos, por encarnar en sí las virtudes y cualidades de Aquel
a quien amaban y deseaban seguir.
En el primer capítulo, primer párrafo de “La
Imitación de Cristo” de Tomás Hemerkem de Kempis, leemos la siguiente
reflexión: “El que me sigue no anda en tinieblas. Son palabras de Cristo que
nos exhortan a imitar su vida y costumbres, si queremos ser de veras iluminados
y vernos libres de toda ceguedad del corazón”. Así comienza un libro que nos va
guiando por el camino de ir despojándonos de nosotros mismos y asemejándonos
cada vez más al Señor, y así es como han actuado esas resplandecientes almas de
las que venimos hablando.
Pero de pobre forma estaríamos ilustrando
al lector sobre esas grandes personas si no explicamos un poco más sobre la
forma en que la Iglesia se forma un juicio a la hora de proponernos a cada una
de ellas como un modelo a seguir.
Se puede entender la denominación de “santo”
en tres sentidos:
1. Todo aquel que está en el Cielo, ya que participa
de la visión beatífica del Señor y está confirmado en la gracia,
2. Todos los cristianos que están en gracia de Dios
participan de la Su santidad, y por eso San Pablo usa la Palabra “santos” para
referirse a los fieles (2 Cor. 13,12; Ef. 1,1), ya que por el bautismo somos
liberados del pecado e injertados en Cristo, que es Dios, el Santo de los
Santos. Y
3. Aquellos que son reconocidos por la Iglesia y se
presentan como modelos de conducta e intercesores ante Dios.
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