Los infartos de miocardio silenciosos, con frecuencia pasan
desapercibidos porque no causan ningún dolor ni indicio de irregularidades que
puedan detectarse en los electrocardiogramas donde normalmente se produce la
característica onda Q. El infarto y el dolor de pecho se asocian casi sin
pensarlo.
Sin embargo, el 30% de los 50.000 infartos que se
producen por año en nuestro país no tiene síntomas y un alto porcentaje del 70%
restante tiene síntomas que reemplazan al dolor de tórax.
En cuatro de cada diez pacientes, la disnea
acompaña el dolor de pecho, pero entre el 5 y el 10% de los casos es el único
síntoma. Junto con las náuseas, los vómitos y una sudoración profusa, son
signos que alertan sobre un infarto, aunque no debe tranquilizar si no están.
Estos ataques cardiacos ocurren con más frecuencia
de lo que se creía y están asociados con un alto riesgo de muerte prematura. Nadie
sabe del todo con qué frecuencia ocurren estos ataques y qué significan en
términos de pronóstico. Este subgrupo de ataques cardiacos, conocidos como
silenciosos por no tener onda Q, son bastante comunes, al menos entre las
personas bajo sospecha de enfermedad arterial coronaria
Un estudio encontró que el 35% de los pacientes
tenía evidencia de un ataque cardiaco y que los ataques sin onda Q eran tres
veces más comunes que los infartos con onda Q. Los ataques sin onda Q eran más
comunes entre los que tenían enfermedad arterial coronaria más severa.
La clave está en la prevención
Las enfermedades cardiovasculares provocan el 45%
de las muertes en el mundo y el 35% en nuestro país. La información y la
prevención son indispensables para reducir esas cifras. Los tratamientos
preventivos disminuyen los factores de riesgo que causan las afecciones
cardiovasculares: tabaquismo, sedentarismo, obesidad, estrés, diabetes e HTA.
Todos esos factores predisponen al depósito de
colesterol en las paredes de las arterias o ateroesclerosis.
El ejercicio aeróbico (caminatas, trotar,
bicicleta, cinta o natación) y la alimentación sana son parte importante de una
estrategia personal de prevención. Para eso, hay que organizar un plan para
reducirlos, que sea fácil de cumplir y progresivo. El ejercicio tres veces por
semana de 40 minutos de duración, mejora el control de la presión, el
colesterol, la diabetes, el deseo de fumar y el estrés. Los niveles de
colesterol y glucemia, el peso y el funcionamiento intestinal mejoran con una
dieta sobre la base de frutas, verduras, cereales, pescados y carnes magras.
Un estudio de la Organización Mundial de la Salud revela que la ateroesclerosis
comienza en la infancia. Por eso, conviene crear hábitos saludables desde la
niñez. JJP
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