martes, 10 de septiembre de 2019

Infartos silenciosos…

Los infartos de miocardio silenciosos, con frecuencia pasan desapercibidos porque no causan ningún dolor ni indicio de irregularidades que puedan detectarse en los electrocardiogramas donde normalmente se produce la característica onda Q. El infarto y el dolor de pecho se asocian casi sin pensarlo.
Sin embargo, el 30% de los 50.000 infartos que se producen por año en nuestro país no tiene síntomas y un alto porcentaje del 70% restante tiene síntomas que reemplazan al dolor de tórax.
En cuatro de cada diez pacientes, la disnea acompaña el dolor de pecho, pero entre el 5 y el 10% de los casos es el único síntoma. Junto con las náuseas, los vómitos y una sudoración profusa, son signos que alertan sobre un infarto, aunque no debe tranquilizar si no están.
Estos ataques cardiacos ocurren con más frecuencia de lo que se creía y están asociados con un alto riesgo de muerte prematura. Nadie sabe del todo con qué frecuencia ocurren estos ataques y qué significan en términos de pronóstico. Este subgrupo de ataques cardiacos, conocidos como silenciosos por no tener onda Q, son bastante comunes, al menos entre las personas bajo sospecha de enfermedad arterial coronaria
Un estudio encontró que el 35% de los pacientes tenía evidencia de un ataque cardiaco y que los ataques sin onda Q eran tres veces más comunes que los infartos con onda Q. Los ataques sin onda Q eran más comunes entre los que tenían enfermedad arterial coronaria más severa.
La clave está en la prevención
Las enfermedades cardiovasculares provocan el 45% de las muertes en el mundo y el 35% en nuestro país. La información y la prevención son indispensables para reducir esas cifras. Los tratamientos preventivos disminuyen los factores de riesgo que causan las afecciones cardiovasculares: tabaquismo, sedentarismo, obesidad, estrés, diabetes e HTA.
Todos esos factores predisponen al depósito de colesterol en las paredes de las arterias o ateroesclerosis.
El ejercicio aeróbico (caminatas, trotar, bicicleta, cinta o natación) y la alimentación sana son parte importante de una estrategia personal de prevención. Para eso, hay que organizar un plan para reducirlos, que sea fácil de cumplir y progresivo. El ejercicio tres veces por semana de 40 minutos de duración, mejora el control de la presión, el colesterol, la diabetes, el deseo de fumar y el estrés. Los niveles de colesterol y glucemia, el peso y el funcionamiento intestinal mejoran con una dieta sobre la base de frutas, verduras, cereales, pescados y carnes magras.
Un estudio de la Organización Mundial de la Salud revela que la ateroesclerosis comienza en la infancia. Por eso, conviene crear hábitos saludables desde la niñez. JJP

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