Usar la
palabra libertad para defender un crimen resulta extraño y contradictorio.
Porque la libertad de un ser humano no debe convertirse en motivo para acabar
con la vida de otro ser humano.
Por eso
resulta paradójico que algunos invoquen la idea de “libertad reproductiva” para
defender un presunto derecho de las mujeres para acabar con la vida de un hijo
con defectos genéticos o de otro tipo.
Es cierto que
nadie puede obligar a nadie a amar. Es cierto que a nuestro alrededor hay
quienes causan molestias, algunas realmente graves, otras que merecen ser
llamadas injusticias. Pero frente a quienes provocan daños no surge ningún
derecho al asesinato. En los casos que lo ameriten, basta con acudir a los
jueces para que restablezcan el derecho y castiguen a quienes lo merecen.
En cambio,
¿existe un derecho a acabar con la vida de un hijo cuando tiene defectos más o
menos graves? Para algunos, por desgracia, la respuesta es afirmativa: la mujer
tendría el derecho de decidir sobre la vida o la muerte del embrión o del feto
que lleva en sus entrañas si teme que ese hijo nacerá enfermo y provocaría
costos emocionales y sanitarios muy elevados.
Pero esa
respuesta es falsa. Porque un derecho nunca se puede convertir en motivo para
eliminar a un ser humano inocente, aunque esté enfermo y “provoque daños”.
Lo anterior
resulta perfectamente claro para casi todos (no lo era en algún país europeo
durante el siglo XX) respecto de los niños y adultos que sufren a causa de
enfermedades más o menos graves. ¿Por qué no reconocemos que también el hijo no
nacido, aunque tenga defectos, merece ser protegido y amado por su madre y por
quienes pueden hacer algo a su favor?
En pocas
palabras: no existe ningún derecho que permita destruir la existencia de
aquellos seres humanos enfermos, indefensos y necesitados, que no han perdido
su dignidad por encontrarse en una situación de minusvalía. Por eso, es
absurdo hasta lo grotesco considerar que la defensa de la vida de un hijo no
nacido que está enfermo sea masoquismo o imposición arbitraria contra un
inexistente derecho al eugenismo genético. No existe tal derecho, porque no
puede existir ningún derecho a matar a los enfermos, ni antes ni después de su
nacimiento.
Defender y
tutelar la vida de un hijo genéticamente defectuoso no es un gesto masoquista
ni va contra ninguna “libertad reproductiva”. Al contrario, es una de las
señales más luminosas de humanización, de justicia y de auténtico sentido
solidario, por reconocer y defender la dignidad de aquellos seres humanos que
inician a existir en una situación de precariedad que interpela a todos,
especialmente a sus padres y al personal sanitario. FP
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