Es curioso el ambiente que se vive cuando se
desarrolla un mundial, olimpiadas o cualquier otro evento deportivo. Sin
querer, la mayoría de nosotros entra en esa especie de competencia y de
triunfo, de ser superior a los demás, de derrotar a los demás, la ambición de
ser grande. Aparece, con orgullo, el esfuerzo y tenacidad por ser el primero. Jesús, muy fuera de este sistema de
competencia, responde a los discípulos, que también quieren ser los más grandes
en el Reino de los Cielos, y nos deja desconcertados: ser como niños.
¿Qué sentido le querrá dar Jesús al decir que el
más grande es como un niño? ¿Por qué querrá Jesús que nos hagamos como niños?
¿Qué tienen los niños que nos hacen grandes en el Reino de los Cielos? No lo
sé, pero cuando contemplo a un niño que se acurruca en los brazos de su madre,
sin que le inquiete la tormenta o los peligros, cuando se deja amar y proteger,
cuando confía ciegamente en el amor de sus padres, le pido a Dios que me dé esa
inocencia para abandonarme yo también como niño en los brazos de mi papá Dios.
Cuando veo la facilidad con que los niños entablan
relaciones entre ellos sin mirar posturas, distinciones o prejuicios sociales,
me imagino que Cristo nos invita también a nosotros a abrir nuestro corazón,
sin condiciones, a los hermanos. Nada más triste y difícil que un corazón lleno
de orgullo y pagado de sí mismo. No se le puede tratar, no puede aprender, no
puede recibir a los demás. Se ha olvidado de ser niño.
Quizás también Jesús se
refiera a esa capacidad de sorprenderse, a ese descubrir la belleza cada día, a
la aventura de mirar lo bello y lo bueno en todas las cosas, a la necesidad de
mirar a su papá y mamá como centro del universo. Hoy también yo tendría
que despertar con la novedad que me da cada día, descubrir la belleza en los
días cotidianos y vivir envuelto en el amor de mi Padre Dios cada momento. Vivir como niño, perdonar como niño,
descubrir como niño… nos acerca al Reino de los Cielos.
ED
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